Fla qué? | Fla what?

Benjamin, flaneur y aura
“París, capital del siglo XIX”, título de un ensayo de Benjamin, también da cuenta de la importancia de esa ciudad. La calle parisina es el escenario donde la multitud desplaza al flaneur de paso tranquilo, el contemplador que sabe exhibir su nonchalance, el que cruza el Sena en balsa (por lugares en los que más tarde se enarcarían los puentes), el que tiene la curiosa costumbre de conducir tortugas con una correa por las galerías, lo que era considerado de buen tono en el siglo XIX. “El flaneur se complacía en adecuarse al ritmo de las tortugas”, recuerda Benjamin.
Diferente del contemplador-flaneur, quien pasea por la ciudad moderna está imposibilitado de dotar de aura a las cosas; sus desplazamientos se vuelven maníacos o indiferentes y las imágenes que percibe están tan fragmentadas y desarticuladas como pueden estarlo las notas que se yuxtaponen en un diario. Advierte Benjamin que frente a la disrupción de la continuidad espacial, el peatón siente que debe defenderse, que se encuentra en estado de peligro.
“Cuanto mayor es la parte del shock en las impresiones aisladas, cuanto más debe la conciencia mantenerse alerta para la defensa respecto a los estímulos(…).”
Una de las formas de defensa del individuo urbano será el aislamiento, no salir de su casa, por lo cual una de las principales funciones del arte sería, como bien señala Jimenez, el “aprendizaje de la soledad”. De esa función podemos extraer una de las justificaciones más profundas del arte en la actualidad.
Elena Oliveras. Estética, la cuestión del arte.

Aprender a perderse
Importa poco no saber orientarse en la ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte.
Walter Benjamin

La flanerie según Sontag
La fotografía al principio se consolida como una extensión de la mirada del flaneur de clase media, cuya sensibilidad fue descrita tan atinadamente por Baudelaire. El fotógrafo es una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre en la ciudad un paisaje de extremos voluptuosos. Adepto a los regocijos de la observación, catador de la empatía, al flaneur el mundo le parece “pintoresco”. Los hallazgos del flaneur de Baudelaire están diversamente ilustrados en las indiscretas instantáneas que en la década de 1890 Paul Martin hizo en las calles de Londres y a la orilla del mar, y Arnold Genthe en el barrio chino de San Francisco (ambos con una cámara oculta), en las calles menesterosas y los oficios decadentes del París crepuscular de Atget, en los dramas de sexo y soledad retratados en el libro París de nuit (París de noche, 1933) de Brassai, en la imagen de la ciudad como escenario de desastres en Naked City (Ciudad desnuda, 1945) de Wegee. Al flaneur no le atraen las realidades oficiales de la ciudad sino sus rincones oscuros y miserables, sus pobladores relegados, una realidad no oficial tras la fachada de vida burguesa que el fotógrafo “aprehende” como un detective aprehende a un criminal.
Susan Sontag. Sobre la fotografía.

Sebreli sobre la flanerie
…. un personaje prototípico de la ciudad moderna -y tambien lo fue de Buenos Aires- ha sido el flaneur, ese apasionado del vagabundeo por las calles, del deambular, del pasear sin rumbo fijo, dedicado tan solo a observar, a divagar, a soñar. Dos escritores alemanes, Sigfried Kracauer y Walter Benjamin otorgaron un estatus sociológico a la flanerie. Este último consideraba a Charles Baudelaire el descubridor de este hábito indisolublemente ligado a la cultura urbana, a la modernidad, y al placer de sentirse solo en medio de la multitud. En realidad, ya Johann Woflgang von Goethe había sentido, en su viaje por Venecia y Napoles que
“en ningún sitio se puede estar más solo que en medio de una gran multitud en la que uno se abre camino (…) en medio de tanta gente y de toda su agitación, me siento en paz y sólo por primera vez. Cuanto mayor es el clamor de las calles, más tranquilo me siento”.
En Buenos Aires la flanerie comenzó a realizarse, en el ochenta, cuando la gran aldea se convirtió en ciudad. Eduardo Wilde flaneaba por esas calles de fines de siglo y daba cuenta de sus andanzas en una nota significativamente llamada “Sin Rumbo”. Sarmiento había descubierto la flanerie en su viaje a París y la describió en un artículo de 1841. También Borges aludía a ella, en sus obras tempranas: “eso que llaman caminar al azar”.
… el caminante sin rumbo, el flaneur, que era el verdadero personaje de la ciudad moderna, hoy ha pasado a ser algo anacrónico, y en el futuro tal vez sea sospechoso y aún peligroso, como vaticinaba Ray Bradbury en su novela de anticipación Fahrenheit 451… el flaneur -como señalara Andreas Huyssen- parecería haber sido reemplazado por el corredor de jogging, cuyos intereses son otros: el cultivo del cuerpo y la performance…
Juan José Sebreli. Buenos Aires, Ciudad en Crisis (gracias a Ricardo Bravo por la data).

“Todo el que hace bien su trabajo se vuelve invisible”
Fabián Casas

“La primera y única condición de un buen estilo es tener algo que decir”.
Shopenhauer

Girondo
En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar… Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda…
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
Oliverio Girondo, Veinte Poemas para ser leídos en el tranvía, 1922.